SuperGiros les cumple el sueño a 800 colombianos, de conocer el mar

octubre 31 ,2017 0
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En la Isla de San Andrés, hombres y mujeres vivieron su primera vez conociendo el mar, alojándose en un hotel y montándose en avión. Historias de anhelos hechos realidad.

Seis horas diarias de viaje desde La Dorada, un pueblo del Bajo Putumayo, hasta Puerto Asís. De eso depende el sustento diario de Jeimy Solarte, que a sus 29 años se dedica a la venta de giros, juegos de suerte y azar, recargas, entre otros servicios  en la capital de ese departamento. Un viaje que se hace en moto, tres horas de ida y otras tres de vuelta, y que lo cumple siempre pensando en que su hijo de 10 años necesita tener asegurado su futuro.

En sus planes no estaba irse de vacaciones, mucho menos trasladarse desde su casa, que queda en la zona fronteriza con Ecuador, hasta el caribe colombiano. Sin embargo, el empeño que todos los días le puso a ser la mejor en su labor la llevó hasta allí.

En la tarde del 27 de octubre, Jenny puso sus pies por primera vez en la Isla de San Andrés, después de otro viaje largo, como los ya acostumbrados en su vida: Trece horas desde La Dorada hasta Bogotá, en moto, carro y avión hasta su destino final.

A la isla llegó para participar en la VII Convención Nacional de SuperGIROS, la empresa para la que trabaja hace tres años. Se trata de un viaje con todos los gastos pagos para ella y otros 800 asesores y cajeros que trabajan a diario en la comercialización de diferentes servicios como el de giros.

Se trata de hombres y mujeres de estratos populares cuya prioridad es trabajar por el sustento de sus familias, pero que durante cuatro días tienen el privilegio de gozar toda una serie de comodidades a las que difícilmente podrían acceder con sus ingresos.

Caleños, pastusos, chocoanos, paisas, costeños, gente de todas las latitudes, de zonas montañosas y costeras, personas que viven en climas fríos y calientes, se conocieron por primera vez y descubrieron que a todos, sin importar la procedencia, alguna vez les retumbó en la cabeza tener unas vacaciones soñadas producto de tanto esfuerzo. “No puedo ni decirle lo feliz que estoy. ¿Cuándo uno termina de reunir la plata para pagarse un viaje como este? ¿Cuándo uno ve tanta gente de tantas partes que están luchando como uno para tener una vida mejor, por uno y por sus hijos?”, manifestó Jeimy Solarte al aterrizar en la isla de los siete colores.

De antojos y privilegios

Ellos trabajan como colocadores independientes de domingo a domingo, en puntos fijos y también recorriendo grandes distancias, tres, cinco horas, algunos a pie, a bordo de motos y balsas, para llevarle los servicios que ofrecen a quienes habitan en los sitios más recónditos del territorio nacional.

Toda esa labor demanda tiempo y pocas veces hay espacio para tomar un descanso absoluto. Nancy Gómez, por ejemplo, casi nunca ve a sus hijos y pocas veces coincide con su esposo. Se levanta a las 3:00 a.m., prepara desayunos y almuerzo antes de salir de su casa finca en Polonuevo, Atlántico, rumbo a Barranquilla. Visita a las 38 asesoras que tiene a su cargo, en diferentes puntos de la capital del Atlántico. En eso, y en atender otros pendientes, puede tardar hasta las 10:00 p.m. Así, a diario.

Por eso esta convención, que se hace una vez al año, y a la que asisten aquellos que tienen los mejores rendimientos de la compañía, se convierte en un respiro a los quehaceres. “Hay momentos en los que no puedo mantener la casa en orden, aunque mi esposo me ayuda. A veces veo tanto desorden que me da pena. Por eso me siento rara, estar en un hotel tan lindo, tan limpio, la gente tan amable. Esto es un privilegio, porque en este caso no soy yo la que debe hacerlo todo. Así uno siente que no se trabaja en vano. En mi casa están felices por mí”, aseguró la mujer de 54 años.

“¿Y qué me dice de ese buffet? Nunca había visto que uno tuviera la posibilidad de elegir tanta comida para desayunar, tanto jamón, queso, fruta, jugos. Uno siempre se levanta agradeciendo que tiene cafecito con pan para salir a trabajar, pero jamás me había tocado tanta comida. Yo me sirvo de todo, porque lo mejor es que uno no se levanta a las carreras a cocinar porque ya todo está hecho”, dijo Yinnet Vivas, una asesora comercial del barrio Siete de Agosto de Cali quien, además, montó por primera vez en avión y conoció el mar. “Me le meto de a poquitos, porque yo no sé nadar”, manifestó.

La aventura del mar

Cuando Marta Naranjo hablaba sobre la proporción del mar, siempre decía que era tan ancho como la pantalla de su televisor. Si le preguntaban por su color, respondía que era tan azul como el cielo despejado que se ve en Villavicencio, su lugar natal, cuando hace ese calor intenso, de más de 30 grados de temperatura, que solo los hijos de esa tierra son capaces de soportar.

Cuenta que viajar nunca fue una opción tangible para su familia de estrato tres, donde las prioridades fueron siempre sacar a los hijos adelante y sortear los gastos diarios. Ella tiene 59 años, 22 de ellos dedicados a la oferta de servicios, y dice que jamás su actividad le alcanzó para juntar el dinero suficiente con el que pudiera encontrarse con el mar.

Por eso sentir cómo su mirada se perdía en la inmensidad del océano, ya no con los límites de una pantalla de televisión, la hizo emocionarse hasta el llanto. “¡Mire esta belleza, mire el agua, esto es una cosa tan hermosa!”, exclamó Marta cuando lo vio por primera vez. En la orilla, abrió sus brazos al cielo, gritó agradecida a Jesucristo y dejó que sus pies, que sostienen su 1.50 de estatura, fueran alcanzados por el agua en la arena.

La expresión de Marta se repitió cientos de veces en los rostros de hombres y mujeres que hacen parte de esa empresa y que por primera vez conocían en el mar. En el caso de Roberto Chávez, de 32 años, y quien ofrece giros y diferentes servicios en Ipiales, solo conocía el mar de Tumaco. Cuando se vio de frente con el mar de siete colores, pidió a sus compañeros, los de la delegación de Pasto, que lo bajaran de su silla de ruedas para que lo metieran al agua. Allí flotó varios minutos solo moviendo sus brazos. Hace ocho años perdió la movilidad de su cuerpo, del pecho a los pies, tras sufrir un accidente. Por la fatiga, y porque confiesa que alcanzó a tragar agua salada, pidió un flotador. “La sensación es deliciosa, y este viaje ha sido el mejor”, agregó.

Algunas, menos tímidas que Marta, se lanzaron con ropa al agua, en medio de una euforia producto de lo que consideran un sueño cumplido. “Cómo no tirarse a esa cosa tan hermosa. Es que esto yo lo había soñado toda mi vida, uno no se lo cree, y la verdad es que es un premio que le dan a uno por trabajar duro, porque yo le meto todo al trabajo”, explicó Paola Quimbaya, quien vende servicios en Aguadas, Caldas, y en una decena de veredas que de lunes a lunes recorre en moto.

Tiene 35 años, es madre cabeza de hogar. En las ventas se considera una exitosa pero sus ingresos se van en pagar el colegio de su hija de 12 años, en los servicios, en el arriendo, en el diario. “Entonces, uno no alcanza a ahorrar con tanto compromiso encima. Y cuando a uno le dan un regalo de estos, ahí es cuando todo vale la pena, las madrugadas, las embarradas en las trochas en la moto. Dígame, ¿quién no quiere seguir trabajando después de ver que con el esfuerzo del diario uno pudo conocer el mar?”, dijo Paola, en medio de una sonrisa nerviosa, de esas que solo producen los sueños cumplidos.

“Todo se resume en la motivación”

Desde hace siete años, la empresa SuperGIROS realiza una convención nacional en un destino turístico, con el fin de darle a sus trabajadores un incentivo para que su entusiasmo permanezca alto. Hoy, son más de 30.000 hombres y mujeres los que trabajan en el sector de giros y otros servicios, pero son pocos los que se ganan el cupo para asistir.

“Nosotros tenemos como política tener un grupo motivado, ilusionado y que sepan que se premian sus metas. Aquí lo más importante es que estas personas, de estratos populares, aprendan a tener aspiraciones y que se esfuercen por ser mejores y que puedan cumplir sueños tan bonitos como montarse a un avión o conocer el mar, cosas que pueden ser normales para quienes tienen recursos, pero que son todo un privilegio para estos trabajadores. Todo se resume en la motivación”, explicó Édgar Páez, presidente de SuperGIROS.

Dice Páez que este grupo de trabajo lo conforman personas que trabajan en los sitios más lejanos de Colombia, en los que se incluyen territorios donde la violencia sigue latente, donde las vías son largas trochas o en poblaciones a donde solo se puede llegar por ríos. En todo el país, SuperGIROS tiene 16.214 puntos de atención. El más lejano hasta ahora es un punto ubicado en el corregimiento de San Felipe, en el último rincón oriental de Guainía, en la patica que se le ve en el lado derecho al mapa de Colombia. El vendedor que allí trabaja también podría llegar a la convención, si cumple con sus metas de venta.

Gracias a las ventas que a diario hacen estas personas, el Estado recibe alrededor de $10.000 millones anuales en impuestos que se retribuyen en inversiones sociales. Por eso, dice Páez, no puede haber mejor estimulo que cumplir el sueño de aquellos que los ven tan lejanos.

Así es como Jeimy Solarte, después de cuatro días de sol y playa en San Andrés, volverá a su casa en La Dorada, en el Bajo Putumayo, confiando en regresar. Dice que trabajará más duro, que está dispuesta a seguir viajando todos los días tres horas de ida y otras tres de vuelta a Puerto Asís para seguir ganando clientes, para vender más. “Ojalá algún día mi niño también pueda venir aquí, ojalá yo sea quien lo traiga, con los ahorros de mi trabajo”, dice Jeimy.

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